IDA Y REGRESO:

LA NOVELA Y LA VIDA PERSONAL

Darío Ruiz Gómez 

Creo que lo primero que se hace necesario resaltar en esta novela es su manifiesta voluntad formal. Aquel axioma de Focillón de que tomar conciencia es tomar forma se pone en este caso de manifiesto y de manera lúcida porque Liliana Pineda parte de una concepción de la novela donde se rescata en ésta, la tarea de abrir luces sobre una determinada temática, sobre algún suceso de la historia que transcurre a nuestro lado y que terminará objetivando nuestras conductas sobre todo cuando lo político, desde el enfoque de la vida personal, se convierte en el instrumento escogido para romper con lo establecido, para dar paso a una supuesta nueva sociedad. Es en este sentido donde  la novela se plantea como un problema de escritura y como un problema de forma. La política aporta límites, abismos impredecibles a la conducta personal, tal como lo señalaron Sartre, Camus, Malraux. “Sin remedio” de Antonio Caballero es el ejemplo de cómo lo anecdótico, un supuesto retrato generacional, se imponen y desvirtúan la revisión crítica de una situación existencial abocada al fracaso, a la mentira. Por eso se queda en un relato lineal donde el esbozo de una sentimentalidad carece, repito, de la debida proyección vital y estética porque una cosa es vivir políticamente lo que llamamos historia y otra convertir la política en una superficial militancia.

Se supone que, de nuevo, la “Educación sentimental” de Flaubert nos ha servido  como referencia necesaria para ubicar estéticamente el problema de la tarea de la novela después de una inmoderada avalancha de novelas comerciales, de novelas raizales, etc. En el siglo XX la llamada novela política fracasó porque olvidó que la política en abstracto es una consideración estratégica pero otra cosa es vivir a través de lo político como tarea ya no de leer el mundo sino –Carlos Marx, dixit- de transformarlo pues en este proceso de confrontación con la realidad se esconde lo que no se esperaba, el abismo personal, la sin salida, el gusanillo de la duda. Y peor aún, la visión del error personal que no puede ser lavado por la militancia: las ruinas de la utopía llena de cadáveres.

Pudiste ser salvador pero también verdugo. Y la hoja se dobla cuando aparece lo inesperado como en el caso del llamado derrumbe de las sociedades socialistas. La novela que cantaba la supuesta gesta emancipadora es una novela total y que no admite fisuras, que niega la autocrítica y al hacerlo evita la complejidad, las aporías, la conciencia interrogante de los protagonistas. “Ida y regreso” sorprende por su capacidad para enfrentar este tránsito moral, la prosa de estas vacilaciones, el silencioso derrumbe  de un proyecto de acción política para cambiar la historia. El protagonista no ha partido del descubrimiento de un cadáver tal como sucede en nuestros malos y abundantes thrillers sino que parte de la búsqueda de un padre y esto le permite ir deshilvanando las profundidades de unas vidas, el sopor de unas cotidianidades urbanas,  encontrándose con la tela de araña tejida alrededor de esta silenciosa trama de aporías, traiciones personales.

Diríamos que los hechos son reales pero el talante narrativo de la autora salva el escollo de haberse quedado en lo meramente testimonial introduciendo un elemento distanciador no a la manera de Brecht sino de Sebald. El documento fidedigno hace más irreal la reflexión, la descontextualiza para hacerla ver desde una perspectiva que no la celebra sino que la juzga veladamente y aquí la ficción recupera su dimensión estética plenamente al recuperar la potencialidad nemotécnica de la imagen. Pero igualmente la  cartografía con el alcance blanchotiano: tender puentes, trazar líneas de convergencia, verificar la realidad de la violencia de la historia, relaciones entre culturas, procesos económicos familiares, acumulación de capital tal como se pone de presente a lo largo del epistolario donde la carta no es un documento íntimo sino el informe objetivo de un balance económico, la dimensión del negocio, la conciencia personal objetivada por el dinero.

La biografía construye héroes como recuerda Barthes pero en este caso el caleidoscopio es la imagen más propia de quien se ha lanzado a la búsqueda de un pasado y va dando tumbos y azares  hasta desembocar en lo lógico: sobre nada se puede hacer balance, cada relato personal es una manipulación de los hechos, las cosas desaparecen y no dejan huella, el cuerpo envejece y nos volvemos hacia la amargura. ¿Qué podrían decirnos las descripciones veraces de un cronista o de un historiador sobre lo que durante la caída del régimen de Pérez Jiménez aconteció en el orden doméstico de una familia común?  ¿Cuál fue la verdadera intención del M19 al asaltar el Palacio de Justicia? El sabio planteamiento formal nos hace ver las dimensiones ocultas de los hechos, le quita tiranía al suceso violento y sin quererlo introduce una insospechada perspectiva crítica. Caracas, Bogotá, Madrid, Cúcuta los territorios carecen de mapas, de direcciones fijas, quizás los amigos han muerto. No es que todo sea relativo sino que todo está sometido a la caducidad y esta conciencia de estar llegando para estar desapareciendo nos hace más frágiles ya cuando las economías han destruido nuestros refugios del pasado, cuando la política nos ha despojado de cierta soterrada alegría que habíamos guardado como reserva para la jubilación. Aquel que conoce o conoció la Historia está condenado a ser triste el resto de su vida.

Es esta madurez conceptual la que permite referirse a “Ida y vuelta” no como una primera novela sino   como una novela que impone sus cualidades y virtudes  abierta y directamente.

 

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