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"La competencia ilimitada
conduce a un enorme desaprovechamiento del trabajo y a la atrofia de la
conciencia social de los individuos"
Albert Einstein
El concepto de "corporatismo”
sin más añadidos parece excesivamente amplio y ambiguo. Esta imprecisión
conceptual no permite periodificar demasiado bien las diferentes estrategias
corporativas y hoy está ocultando antes que iluminando el deslizamiento
desde una estrategia corporativa a otra, desde el corporativismo de clase
hacia un modelo de regulación del conflicto y de las diferencias sociales y
laborales en el que el acuerdo político y el contrato social de los años
posteriores a la Segunda Guerra Mundial están siendo literalmente
cancelados. La crisis del corporativismo de clase a partir de finales de los
años 1970 tampoco está conduciendo esta vez a una crisis del corporativismo
en sí. Todo lo contrario. Hacia finales de los ochenta se produce un
auténtico revival del Neocorporativismo (Th. Schulten) que refleja
una transición de un gran período histórico a otro. Aquella transición
empezó con la mencionada crisis del corporativismo de clase de finales de
los setenta. El por entonces llamado neocorporativismo liberal representa una especia de parada intermedia hacia lo que, ya en la década
de 1990, condujo a un modelo más puro y ya completamente distinto de
regulación del trabajo: el corporativismo para la competitividad.
La transición: el neocorporativismo liberal
de los años 1980
Los antecedentes del
corporativismo para la competitividad, que en su espíritu está presente en
múltiples países, no hay que buscarlo tanto en el corporativismo de clase
como en los años de la ofensiva monetarista contra las dinámicas
democratizadoras de los años setenta. Los mentores de esta nueva modalidad
de acuerdo entre Estado, trabajo y capital aún se sentían comprometidos con la constitución no escrita de las décadas del fordismo, es decir,
aún consideraban importante asegurar el pleno empleo y el bienestar social
de las mayorías a cambio de su consentimiento. Este consentimiento resultaba
necesario para poner en práctica las políticas de contención de la inflación
puesto que esta implicaba en parte dramáticos ajustes en los salarios y de
las condiciones de empleo para beneficiar sobre todo a los sectores
financieros (deflación competitiva).
Los liberales keynesianos
Estos primeros mentores del
cambio se autodenominaban liberales keynesianos para definir el
comienzo de su compromiso con las tesis monetaristas sin acabar de arrojarse
aún a los brazos del neoliberalismo. Salen de los llamados nuevos
izquierdistas norteamericanos que en los noventa estaban próximos al
partido demócrata norteamericano y en Europa empezaron a agruparse en la
banda política de la llamad tercera vía. Se caracterizan por dar
prioridad, primero de forma no explícita luego ya de forma cada vez más
clara, al reforzamiento de la competitividad internacional de las empresas
ubicadas en sus respectivos países antes que al problema del desempleo y de
la desigualdad social. Pero, al encontrarse en la oposición en países muy
marcados por el bipartidismo (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania) también
tenían un discurso al menos formalmente algo más comprometido con las
necesidades de los más desfavorecidos socialmente.
Esto cambia cuando suben al
poder. En realidad dentro del neocorporativismo liberal de los nuevos
izquierdistas el factor trabajo ya había dejado ya de ser desde hace
bastante tiempo un elemento de demanda y una categoría más socioeconómica
que económica para convertirse exclusivamente en un factor de costes. De
este cambio teórico-axiomático se deriva todo lo demás. En primer lugar se
deriva la prioridad política de combatir la inflación antes que de crear
empleo si bien esta lucha contra la inflación se enmarcaba aún en aquellos
primeros años, en una estrategia de defensa del Estado del bienestar.
Parecía imprescindible pedir sacrificios a los trabajadores e invitarles a
colaborar en el control de la inflación con el fin último, reconocido una y
otra vez, de asegurar las conquistas económicas y sociales de los últimos
decenios. Muchos sindicatos y partidos de centro-izquierda aceptaron este
reto. Se sentían amenazados por el desempleo, por los declives electorales,
por las divisiones internas y por la ausencia de una alternativa realista y
al mismo tiempo global al desmontaje neoliberal que, desde el Reino Unido y
los Estados Unidos, empezaba a contagiar mentalidades, manuales de economía,
gabinetes, gobiernos e incluso algunos sindicatos.
Pero en aquellos últimos años
la nueva estrategia corporativa parecía, más que el paso previo hacia la
cancelación de los grandes acuerdos sociales de la Segunda Posguerra Mundial
que por aquellas fechas aún era políticamente imposible de llevar adelante,
una especie de repliegue táctico para retornar a una constelación de
crecimiento similar a la de las décadas anteriores. El neocorporatismo
liberal-keynesiano era tomado aún por el hermano gemelo, por lo menos el
primo carnal del neokeynesianismo. Los Pactos de la Moncloa, firmados en
España en 1977, son una avanzadilla de este período de deslizamiento
silencioso y políticamente ambiguo de un corporativismo a otro. Estos pactos
sancionaron el corporatismo liberal, pero su vocación, aún fuertemente
influida por la ciudadanía republicana de la transición española, parecía
ser la de convertirse en corporatismo de clase a la primera oportunidad
posible.
La restauración
neoliberal: todo para conseguir ser más competitivos
En los años noventa las
políticas neoliberales de muchos gobiernos occidentales arremeten ya de
forma directa y sistemática contra el corporatismo de clase arrinconando
incluso a aquel corporatismo liberal de finales de los setenta / años
ochenta, y n muchos casos independientemente de la naturaleza partidaria
dentro de la franja del centro-derecha y del centro-izquierda. Las políticas
laborales van evolucionando hacia una estrategia de rearme competitivo en el
seno de la economía mundial como salida a la ralentización del crecimiento
económico. El Estado del bienestar y los sindicatos son culpados de esta
ralentización e, indirectamente, del problema del desempleo, de la rigidez y
de la burocratización de la sociedad. Esta política situó a la
sociedad del trabajo y a todo el movimiento obrero en una defensiva sin
precedentes desde 1945, pero sólo en el Reino Unido de M. Thatcher y los
Estados Unidos de R. Reagan, se consiguió imponer en poco tiempo la política
neoliberal más pura. En la mayoría de los países occidentales la oposición
al cambio era simplemente demasiado grande como para cancelar de la noche a
la mañana los grandes acuerdos de la posguerra y el corporativismo para la
competitividad tiene mucho de intento de encontrar mayorías y de recuperar
el consenso social en un contexto de creciente oposición este tipo de
políticas. La pérdida de la iniciativa política de los partidos
conservadores los incapacitaba para llevar adelante tan monumental
reconversión de forma que sólo parecía tener posibilidad de éxito si se
reducía la oposición a la misma de al menos una parte de las clases medias y
del movimiento obrero organizado. Los sociólogos alemanes Wolfgang
Streeck y Fritz Scharpf son sus principales ideólogos y predicadores. Las políticas del llamado nuevo
laborismo de Tony Blair y de la nueva socialdemocracia de Gerhard
Schröder son sus manifestaciones más elaboradas y en buena medida
teorizadazas por el sociólogo británico Anthony Giddens. Un sector del Partido Socialista Obrero
Español, al que pertenece el coordinador de programa económico electoral en
2004, Miguel Sebastián, también las asume como suyas
Anatomía del corporativismo
para la competitividad
En la tabla nº3 hemos
enumerado las características del corporativismo para la competitividad
contrastándolas con las de las de los anteriores modelos corporativos con el
fin de describirlas de forma más ilustrativa.
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Tabla 3:
Anatomía de las estrategias corporativas |
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Corporativismo organicista |
Corporativismo de clase |
Corporativismo para la
competitividad |
|
Teoría
económica |
Liberalismo clásico y
“economía nacional” |
Keynesianismo |
Teoría neoclásica |
|
Intervención
del Estado |
Hacia el lado del capital |
Equidistancia relativa |
Hacia el capital,
preferentemente multinacional |
|
Sindicatos
|
Ilegales o no reconocidos
plenamente |
·
Reconocimiento institucional
·
Autonomía |
·
Reconocimiento institucional
·
Subalternidad |
|
Estrategia social |
·
Bajo
consumo de las clases subalternas
·
Grandes
diferencias sociales
·
Refuerzo
del lado más fuerte (capital) |
·
Aumento del
consumo material (edificio-ascensor)
·
Refuerzo
del lado más débil (trabajo) |
·
Refuerzo
del lado del capital
·
debilitamiento del lado del trabajo |
|
Impuestos |
Muy baja o nula presión
fiscal |
·
Impuestos
indirectos
·
Presión
fiscal |
·
Impuestos
directos
·
Reducción
de la presión fiscal, preferentemente de las rentas del capital y sobre
el patrimonio |
|
Territorio |
Escasa o nula
planificación del territorio |
·
Regiones y
países se desarrollan hacia dentro: cohesión social y territorial.
·
Centralización |
·
Planificación del territorio para poder competir mejor hacia fuera
(regionalismo, distritos industriales etc.) |
|
Expansión |
·
Orientada
hacia fuera
·
Guerras
coloniales e imperialistas |
·
Orientada
al mercado interior
·
Incorporación gradual en el mercado internacional
·
Orden
internacional relativamente pacífico
|
·
Orientada a
la competitividad en los mercados exteriores.
·
Dumping
social, salarial y ambiental entre países
·
Reanudación
de las guerras comerciales y militares
|
|
Estado del bienestar |
Inexistente (1% -1,5% del
PIB) |
Creciente (25% PIB) |
Menguante
|
|
Salarios y empleo |
Totalmente desregulados |
·
Salarios
destinados a potenciar la demanda)
·
Pleno
empleo |
·
Destinada a
potencial la competitividad internacional (crecimiento más rápido de la
productividad que de los salarios reales)
·
Escasa
generación de empleo |
|
Negociación colectiva |
Casi Inexistente |
Solidaridad salarial y
convenios territoriales |
Descentralización,
insolidaridad salarial y convenios de empresa |
Fuente: Schulten
(2000), Schauer (1999) y elaboración propia.
Teoría económica: de Keynes a
Friedman
El sustrato axiomático del
corporativismo para la competitividad es la teoría neoclásica y no el
keynesianismo. El trabajo es considerado una fuente de costes y no una
fuente de demanda, Keynes ha cedido su puesto a Milton Friedman. Como hija de la escuela neoclásica de
pensamiento económico, el espacio al que la nueva teoría dirige su atención
preferente es el de la microeconomía y el de las políticas de oferta (por
ello también se habla de corporatismo de oferta) y cuando aparecen
razonamientos macroeconómicos estos están siempre al servicio de aquellas
(políticas laborales, política fiscal etc.). Detrás de este fundamental
cambio en la construcción discursiva se esconde una forma completamente
distinta de entender las relaciones entre sociedad y trabajo. Ambos son
considerados ahora medios para la maximización económica privada y no fines
en los que la economía tenga que medir también su racionalidad, su razón de
ser. Es verdad que en la mayoría de los casos los defensores de las nuevas
fórmulas corporativas hablan no de uno sino de tres objetivos: de la mejora
de la competitividad internacional de las empresas nacionales, de la
reducción del desempleo y de la reducción del déficit / inflación. Pero en
los resultados y en las políticas, el primero y el tercero son los con
diferencia más importantes y el segundo ocupa una posición de subordinación
frente a ellos. Ciertamente no puede ser de otra forma en el momento en el
que el pensamiento de Milton Friedman se ha convertido en su armazón
teórico.
Estrategia social
El corporativismo organicista
no apostaba por reducir las diferencias sociales sino por acomodarlas en un
orden asimétrico y por intentar generar consenso dentro de un orden que
aceptaba y defendía en su asimetría. Esto es justamente lo que cambia con el
corporativismo de clase que busca una reducción activa y decidida de las
desigualdades sociales. Pero esta, desde luego, no es la apuesta del nuevo
corporativismo. Para el nuevo corporativismo el origen de la desigualdad no
se encuentra en una determinada forma de organización económica y social,
sino en la incapacidad del individuo de utilizar óptimamente los recursos
que se encuentran a su disposición para ponerle fin a su condición de
ciudadano subalterno. El enfoque y la responsabilidad están puestos en el
individuo entendido como un ente al margen de los demás individuos y
que ha de competir con ellos. Esto implica aceptar la imposibilidad de que
todos o muchos de ellos puedan no lleguen a superar nunca su condición de
socialmente desfavorecidos puesto que en estas condiciones no puede haber
recursos para todos. La estrategia en política social consiste así en crear
unas condiciones de partida que sean iguales para todos (todos
tienen derecho a una buena educación de calidad de partida, a una
buena salud de partida etc.). Como se entiende que el individuo es
responsable último de su sino y su pertenencia a una determinada clases
social es más bien secundario, se argumenta que estas condiciones de partida
generan en sí mismas justicia social. Pero este objetivo es irreal, al menos
dentro del conjunto de la estrategia neocorporativa puesto que incluye una
reducción de la calidad y de la cantidad de servicios públicos (educación,
sanidad, infraestructuras etc.), una fiscalidad no progresiva que facilita
el mantenimiento de las condiciones de partida privilegias por parte de las
clases pudientes y porque se abstiene a regular desde fuera el mecanismo de
la acumulación, intrínsecamente generador de desigualdades. La desigualdad
social ya no es considerado un Estado insatisfactorio que las instituciones
deban suavizar o mitigar en la medida de lo posible (pacto político), sino
que, por el contrario, se considera que esta desigualdad es un sano motor
generador de progreso y movilidad social al incentivar a los menos
favorecidos a buscarse la vida. Esto es un retorno en línea recta a
John Locke y a la ciudadanía liberal
“El objetivo de alcanzar una
máxima igualdad no tiene mucho sentido porque su coste es demasiado elevado.
Es una utopía empecinarse en mantener las nociones clásicas de justicia
social frente a las tendencias económico-tecnológicas (…) La única forma de
afrontar estas tendencias es aplicando la noción de la desigualdad óptima
(….). Es más importante y más efectivo reducir el número de perceptores de
seguros sociales que reducir el número de millonarios, sobre todo cuando los
millonarios invierten creando puestos de trabajo” (U. Pfeiffer 1999, p.165)
Intervención del Estado
En las décadas de la primer
experiencia corporativa, el Estado asumía una posición decantada hacia los
intereses del capital y de la gran propiedad en general. Esto cambia con el
corporativismo de clase pero no con el corporativismo para la
competitividad. Ahora el Estado vuelve a perder una parte de su vocación
mediadora y de equidistancia, los gobiernos desarrollan políticas para la
mejora de la competitividad con el fin de atraer inversiones pero apenas
nunca para equilibrar la asimetría social (ver arriba). Los cada vez más
escasos recursos públicos no son destinados a este fin sino a mejorar el
marco de la actividad económica de las empresas, que por lo demás son ya
prácticamente todas privadas, a través del cual se espera que se generen
puestos de trabajo, crecimiento y bienestar para todos. Es el retorno a Adam
Smith que veía, con razón o sin ella, en la consecución de los intereses
egoístas individuales un mecanismo automático generador de prosperidad para
todos. Antes que corresponsabilizar
socialmente a su creciente patrimonio los gobiernos incentivan y benefician
a las clases más pudientes para que así inviertan sus ahorros o para que no
trasladen sus fortunas a otros lugar y se espera que su beneficio
personal y egoísta revierta, antes o después, sobre el conjunto de la
sociedad. Al hacerlo, se desvinculan de sus antiguos compromisos para con
las clases subalternas, compromisos que nacieron justamente en un contexto
en el que este mecanismo había conducido al desastre de dos guerras
mundiales. El guión es perfectamente consecuente con la ciudadanía liberal:
si las personas son consideradas de nuevo las responsables últimas de su
propia situación social y profesional, el Estado no tiene porqué asumir
ninguna responsabilidad para con ellas (recorte de prosupuestos y servicios
sociales, de las prestaciones por desempleo, de las jubilaciones etc.)
Sindicatos
La autonomía sindical
reconocida en el corporativismo de clase, tiende a diluirse frente al
intento de corresponsabilizar a los sindicatos en la maximización de la
competitividad de las empresas y de los países. Los gobiernos reconocen y
aceptan la existencia de sindicatos, especialmente cuando no tienen más
remedio porque son fuertes. Pero la permanente amenaza de deslocalización y
de pérdida de puestos de trabajo, así como las propias estrategias de acción
sindical, empujan a los sindicatos a abandonar su propia autonomía frente a
los intereses de las empresas y frente a lo que empiezan a llamarse ahora
los intereses de la nación frente a los intereses del mundo hostil
que la rodea. Esta especie de nueva identidad nacional que se puede
denominar chauvinismo del bienestar se ha propaga por los ambientes
obreros en los años noventa y forma un caldo de cultivo ideal para los
brotes de xenofobia que en algunos países, preferentemente de la ZONA A, han
cristalizado en potentes partidos de ultraderecha
Dicha apuesta sindical se da
preferentemente cuando los gobiernos de centro-izquierda ocupan el gobierno
(Alemania, Reino Unido, Chile), pero no sólo y en cualquier caso sería un
error reducir estos fenómenos sociales y laborales a sus manifestaciones
partidarias tradicionales. La pérdida de autonomía sindical y la fundación
de nuevas familias unidas nacionales cuyos miembros han de trabajar
ahora conjuntamente con el fin de ser más eficientes y competitivos y así
pegar más duro hacia fuera, tiende a generar solidaridades interclasistas
hacia dentro de los países y de las regiones / naciones abarcando espacios
políticos muy amplios que hoy van desde el centro-izquierda hasta la extrema
derecha. La solidaridad entre sindicatos de diferentes países (por ejemplo
dentro de la Unión Europea) para hacer frente a los retos de la
globalización neoliberal, se hace así intrínsecamente inviable, la
integración política europea directamente imposible. Admitidas las premisas
del corporativismo para la competitividad, a muchos sindicatos se no les
queda más remedio que convertirse en cómplices de una espiral de dumping
social y salarial a la baja frente a otros sindicatos y frente
a otros trabajadores de otros países pero en unión a las propias
empresas y en solidaridad con las políticas de responsabilidad
económica nacional. La congelación de la solidaridad en el plano
internacional (paralización y bloqueo de hecho de los comités de empresa
europeos o de las acciones conjuntas a nivel de la UE contra medida muy
similares practicadas en diferentes países uno detrás de otros) es la otra
cara de la moneda de la creación de crecientes solidaridades hacia dentro.
Impuestos
La Política fiscal ya no tiene
un papel redistribuidor de la riqueza sino una papel potenciador de la
competitividad. Antes de la Segunda Guerra Mundial no existía un sistema
impositivo universal. En una sociedad como la capitalista este sólo podía
ser el fruto de un pacto político y ese no se dio hasta después de 1945 y el
corporativismo de clase incluye, por primera vez un sistema fiscal sobre la
base de la progresividad (paga un porcentaje superior de su salario quien
más gana). El pleno empleo facilitaba la recaudación con la que los Estados
cofinanciaban los servicios públicos de todo tipo, pero no eran ni el
crecimiento económico ni el pleno empleo en sí mismos los que condujeron a
una mayor progresividad fiscal, sino el contrato social, el acuerdo político
previo (constitución no escrita). En la España de Franco, donde no se dio
ese pacto, la recaudación fiscal sobre el conjunto del PIB era la más baja
de Europa occidental hasta que en la segunda mitad de los años setenta se
firma ese pacto político que en parte está materializado en la Constitución
de 1978.
Pero el triunfo de Milton
Friedman sobre Keynes, la cronificación del desempleo y el estancamiento de
la demanda interna, sólo deja la posibilidad de relanzar la economía
recurriendo a dos medidas: las exportaciones y el recorte de impuestos, es
decir, reduciendo aquella parte del excedente destinada a generar justicia
social con dinero o en especies y a reparar el desgaste del patrimonio
colectivo. Este recorte no suele ser progresivo sino todo lo contrario: las
rentas del capital (productivo y financiero) tienden a obtener más
beneficios fiscales que las rentas del trabajo. Del informe presentado por
la Comisión Europa en 1997 por el entonces comisario milanés Mario Monti, se
desprende el drástico cambio de la estructura impositiva en los 15 países de
la Unión Europea. Dicho informe demuestra la drástica caída del peso
relativo de los impuestos sobre el capital y los beneficios empresariales
(del 45% al 34%) a partir de principios de los años ochenta en los países de
la Unión así como el aumento del peso de los impuestos que gravan sueldos y
salarios del 35% al 45%. Según Michel Albert, esta política
fiscal es la responsable de aproximadamente una tercera parte del desempleo
en Europa desde 1980. No sólo no se ha invertido con el ascenso de los
partidos de centro-izquierda, sino que incluso se ha acentuado aún más. La
explicación que da Albert de este fenómeno es la siguiente:
“En un espacio
económico integrado que sin embargo no forma una unidad política y fiscal,
las leyes de la competencia afectan directamente a los Estados. El capital
se mueve hacia las zonas con menos carga fiscal de forma que los Estados se
ven obligados a reducir los impuestos que gravan las partes más móviles de
la economía y a gravar más las sus elementos menos móviles, sobre todo el
trabajo de los menos cualificados M. Albert (2000), p.12
La movilidad del trabajo es
estructuralmente menor que la movilidad del capital, lo cual significa que
con la actual organización económica el sistema impositivo necesita gravar
menos al capital que al trabajo. Pero esto también significa que el sistema
fiscal es cada vez menos un instrumento de solidaridad social y de
redistribución de la riqueza y cada vez más un instrumento para la
potenciación de la competitividad económica internacional. Esto genera una espiral de dumping
fiscal a la baja entre países, regiones y naciones.
Ejemplo: el Nuevo Laborismo inglés
La política impositiva
practicada por los gobiernos de Tony Blair es ilustrativa en este sentido.
Tony Blair ganó las elecciones con un cierto mensaje de justicia social para
poner fin a la era Thatcher. De hecho, el 10% de hogares con menos ingresos
mejoraron su capacidad de consumo en un 13% entre 1997 y 2001 gracias
precisamente a la reducción de impuestos. Especialmente los hogares pobres con
niños menores, entre los cuales se encontraba los de la autora ahora
multimillonaria de Harry Potter J.K. Rowling, aquellos con un desempleado o
formados por pensionistas, han resultado beneficiados por estas tipo de
medidas fiscales. La polarización social no ha aumentado como en los años de
la Dama de Hierro pero el problema es que tampoco ha disminuido. La buena
coyuntura económica y la reducción de impuestos ha estimulado la demanda
interna sin provocar un aumento del gasto público. Pero detrás del este
aumento de la demanda se esconden desigualdades sociales mayores de lo que
parece a primera vista puesto que sobre todo ha beneficiado a los hogares
más ricos. El 20% de los hogares más opulentos ha mejorado su poder
adquisitivo en un 2,8% a lo largo de estos años pero el 20% de los hogares
más pobres lo ha mejorado sólo en un 1,4%. Pero esto no es todo porque estos
últimos además han salido especialmente perjudicados del
empeoramiento de los servicios públicos provocado precisamente por la
reducción de impuestos. Ahora el Estado recauda menos y una parte de la
demanda pública se ha convertido en demanda privada sin que haya aumentado
sustancialmente la demanda interna total. Simplemente se ha desplazado
desde los hospitales a los coches privados, desde los trenes a las tiendas
de electrodomésticos.
Esto explica que las grandes
reformas de lo público prometidas por Blair hayan quedado postergadas (la
sanidad, el sistema educativo, las infraestructuras públicas). Entre 1997 y
2001 el gobierno británico ha invertido menos del 1% del PIB en el sector
público por falta de presupuesto, la cifra más baja desde la Segunda Guerra
Mundial. Ahora, el Reino Unido es más
competitiva internacionalmente, la libra sufre menos tensiones
inflacionistas lo cual beneficia sobre todo a la City y al lobby
pronorteamericano en Londres, las clases más acaudaladas tienen más para
gastar y en menor medida también las clases subalternas. Pero los servicios
públicos siguen agonizantes. Al beneficiar preferentemente a las clases
menos favorecidas que no tienen capacidad de comprarlos en el mercado se
puede decir que lo que Tony Blair les ha dado en dinero en concepto de
exención de impuestos, se lo ha quitado en concepto de servicios, lo que les
ha dado en dinero se lo ha quitado en especies. Este cambio de consumo en
especies por consumo monetario no se refleja en la contabilidad económica
del país, pero ello no quiere decir que su coste social, ambiental,
cultural, sanitario etc. sea neutro (problema de balances incompletos).
Territorio
Antes de la Segunda Guerra
Mundial los territorios no eran apenas objeto de planificación. Sólo las
grandes aglomeraciones urbanas en las que la situación social y sanitaria se
hacía insostenible, eran sometidas a intervenciones públicas (Ley pionera de
Planificación de Viviendas y Ciudades de 1909 en el Reino Unido etc.). Las empresas privadas competían entre
sí y los espacios comunes eran territorio económicamente virgen susceptible
de ser colonizado, apropiado y privatizado por cualquier emprendedor con
iniciativa, con capital, con sangre fría o con sentido del riesgo. Las
agresiones al medio ambiente, a la racionalidad urbana y al patrimonio
colectivo aún siendo en algunos casos enormes estaban, sin embargo,
localizadas en las aglomeraciones urbanas e industriales. La escala técnica
de la producción y del consumo era mucho menos y, entre otras cosas, no
existía apenas el automóvil privado. La actividad del hombre no tenían la
misma incidencia sobre el territorio y los consumos energéticos por unidad
PIB eran sustancialmente menores, si bien en algunas zonas urbanas como
Londres, Bochum o Manchester la combustión del carbón hacía estragos.
Esto cambia después de la
Segunda Guerra Mundial. Los Estados-nación se desarrollan hacia dentro, se
construyen infraestructuras con dinero público y las ciudades, las vías de
comunicación etc. son objeto de estudio y planificación a largo plazo
siguiendo criterios de racionalidad colectiva y plural: no se trataba sólo
de mejorar la competitividad economica y la rentabilidad de las empresas,
sino que además se trataba de mejorar la calidad de vida de sus
habitantes, de conservar e incrementar el patrimonio colectivo (cultura,
arquitectura, naturaleza, paisaje), de racionalizar el uso del espacio
atendiendo a necesidades colectivas etc.: ahí el carácter plural de
la racionalidad practicada. En los años 1980 vuelven a cambiar las grandes
políticas de planificación del territorio. El territorio, las
infraestructuras urbanas e interurbanas son puestas ahora unilateralmente al
servicio de la competitividad nacional e internacional (rearme competitivo)
es decir, al servicio de la maximización económica privada. Siguiendo el
axioma de la mano invisible se entiende que esta maximización
generará por sí misma desarrollo social y también desarrollo territorial.
Los medios de comunicación viaria, los aeropuertos, la política de suelo y
la estructura de las ciudades se diseñan y planifican no en función de una
pluralidad de fines y racionalidades, sino en función del fin único y
exclusivo de la maximización económica privada. Pero como las actividades
económicas están cada vez más dispersas y dependen cada vez más de los
recursos colectivos esto genera una revaluación del peso de los territorios
y de las regiones puesto que su planificación y su ordenación territorial y
social pasan a convertirse cada vez más en elementos fundamentales de
competitividad empresarial (infraestructuras viarias, sistema de formación,
de I & D, estructuras impositivas etc.)
Esto no es sinónimo de
desarrollo local y regional aunque tampoco lo excluya totalmente. En ningún
caso se puede decir que el territorio se planifique en función de las
necesidades de la existencia cotidiana de sus ciudadanos y de las del
desarrollo sostenible. El crecimiento y la competitividad industrial tienen
prioridad absoluta frente al desarrollo aunque se espera que genere también
algo de desarrollo y bienestar social. Esto tiende a genera
incompatibilidades entre la racionalidad colectiva y la racionalidad
privada, máxime cuando los espacios de lo común son subordinados cada vez
más a la lógica de la competitividad empresarial (distritos industriales).
Siguiendo la tradición de la ciudadanía liberal, el territorio no es visto
ya como patrimonio compartido (propiedad colectiva) sino como espacio
virgen susceptible de ser colonizado económicamente por algún particular.
Las regiones y las poblaciones no se benefician sino en una pequeña parte,
de forma residual y durante períodos más bien cortos de tiempo de las
inversiones públicas. Su beneficio es una especie de subproducto indirecto
de las inversiones y las medidas de ordenación del territorio. La ley
española del suelo de 1998, que determina que todo el suelo que no esté
expresamente protegido podrá ser urbanizado, es decir, sometido a las leyes
de la acumulación privada, es un ejemplo extremo de esta política. Hay otro segundo ejemplo no menos
ilustrativo.
Ejemplo: la ampliación del aeropuerto de Barajas en
la Comunidad de Madrid
El caso de la ampliación del
aeropuerto de Madrid-Barajas es un ejemplo muy representantivo. La
ampliación prevista va a generar una enorme cantidad de basura acústica
adicional que les quitará el sueño a varios cientos de miles de ciudadanos
más, va a degradar un cauce fluvial, el del río Jarama, que las aves
migratorias utilizan para volar todos los años de un extremo a otro de
Europa. El argumento, una y otra vez reiterado por las autoridades para
justificar una ampliación tan llamativamente cercana a las zonas
residenciales y ambientalmente tan agresiva, es el interés general. Este
interés está expresado en términos de necesidad de aproximar el aeropuerto
lo más posible a la capital, un acercamiento que en principio podría
entenderse como una aportación a la mejora de las infraestructuras
colectivas de la región a cambio de la cual hubiere que pagar un precio. Sin
embargo lo que realmente se quiere aproximar entre sí es el aeropuerto y la
city financiera de la ciudad situada en la zona Nuevos Ministerios es decir,
resolver un problema de movilidad específico y no un problema de
movilidad general. En el mundo de las finanzas es importante que los
jugadores globales, la élite empresarial y mediática que sustenta el
orden neoliberal, se puedan desplazar en minutos desde el avión a las sedes
de los bancos y de las grandes empresas multinacionales. A pesar de que los
jugadores globales (global players) no representan sino una fracción
de la población, y muchas veces ni siquiera viven en Madrid (por eso
necesitan acercarse rápidamente a al ciudad para luego abandonarla
rápidamente), la mejora de su movilidad en unos cuantos minutos es lo que
realmente justifica ese acercamiento. Gracias a la construcción de una línea
de metro especial, la city se encuentra ahora a 12 minutos del aeropuerto,
un récord absoluto en toda Europa cuyos aeropuertos están todos situados en
zonas menos contaminantes. Los servicios financieros y los servicios a
empresas de la capital serán a partir de ahora un poco más competitivos que
los de otras capitales similares, lo cual asegurará algunos puestos de
trabajo en el sector financiero y en otros anexos a él.
La pregunta es ¿cuántos
puestos de trabajo, por cuánto tiempo, a qué coste ambiental y sanitario, en
definitiva: cuál es el saldo final de la ampliación del aeropuerto y de su
comunicación directa con la capital para el desarrollo para la región? Se
trata por tanto otra vez de un problema de balances completos / incompletos.
Los cientos de miles de millones que se han invertido en la construcción del
metro han generado efectivamente un beneficio para la ciudad, pero es un
beneficio escaso en relación a la inversión realizada: sólo tres estaciones
nuevas de metro y una línea rápida que no va más allá de la city ni del
aeropuerto. El coste en términos de sostenibilidad (ruido adicional e
impacto ambiental) había podido reducirse si se hbuera construido un
aeropuerto nuevo en una zona deshabitada. Pero este necesariamente tendría
que situarse más lejos de la capial, es decir, a más minutos en transporte
público. Ahora es posible reducir costes y batir (temporalmente) a los
enemigos competidores en el sector financiero pero al precio de una
considerable destrucción. Dinámicas similares se dan entre países o incluso
entre territorios, nacionalidades y regiones dentro de un mismo país.
Mercados y expansión económica
Entre 1860 y 1914 la expansión
económica y comercial estaba orientada preferentemente hacia los mercados
exteriores. En el período de entreguerras la expansión exterior quedó
bloqueada y, a falta de un cambio en la distribución de la renta, también la
expansión interior (crisis de los años treinta). El corporativismo de clase se basó en
su día en una combinación entre expansión exterior gradual, consensuada y
regulada internacionalmente (sistema de Bretton Woods) y desarrollo de los
mercados interiores inspirada en las teorías de J.M. Keynes. Las economías
nacionales se incorporaban al mercado mundial con el fin de superar las
políticas proteccionistas de los años treinta, pero se trataba de una
incorporación “con cojines protectores”, gradual y regulada de forma
multilateral (sistema Bretton Woods, reducción lenta y paulatina de los
aranceles con las rondas GATT). La expansión exterior quedaba así
subordinada a la expansión interior, a la demanda interna que era el espacio
de desarrollo económico principal.
“la economía es regulada
políticamente orientándola al mercado exterior. Este último es expuesto con
cuidado y con cojines protectores a las leyes del comercio mundial y de su
sistema monetario” R. Dahrendorf (1992), p.35.
El corporativismo para la
competitividad vuelve a apostar por la demanda externa frente o mejor: a
costa de la demanda interna. No por casualidad es en Alemania, el primer
país exportador de occidente, donde más y antes ha arraigado esta nueva
estrategia corporativa. Y esto –ahí lo nuevo- a pesar der tratarse de un
país con un enorme mercado interior de 80 millones de consumidores, una
parte de los cuales malvive en condiciones muy precarias desde la llamada unificación. Lo significativo del caso de Alemania es el extremo
desequilibrio que existe entre el potencial de desarrollo del mercado
interior y el desarrollo efectivo del mercado interior. No hay en el mundo
una nación con tan alto porcentaje de exportaciones sobre el PIB en relación
a la extensión de su mercado interior, es decir, en relación al potencial de
crecimiento de su propia demanda interna. No hay otra economía que, ni de
lejos, fuerce tanto la expansión exterior de sus empresas en
relación a
las posibilidades de desarrollo de mercado interior. En este punto existe una rivalidad
fundamental entre la estrategia corporativa de clase y el corporativismo
para la competitividad. Las consecuencias también son inequívocas: el país
ha conseguido mantener en los años novena su condición de país más
competitivo de Europa Occidental y casi del mundo, pero también es el país
donde más ha crecido la tasa de desempleo. El año 2003 esta era ya superior
al 11% de la población activa.
Provisión de bienestar
En los años anteriores a la
Segunda Guerra Mundial, el Estado del bienestar no existía sino de forma muy
rudimentaria e incipiente en algunos países. En 1970 alcanzó el cenit de su
desarrollo como resultado de la convergencia entre las políticas
keynesianas, el contrato social de la postguerra, la constelación
internacional y los brotes de ciudadanía republicana. A lo largo de los
1970, países con Estados del bienestar de signo demócrata-cristiano como
Alemania Federal, Francia, Italia y los Países Bajos se acercaron a la
tipología socialdemócrata. Países con modelos de bienestar ultraconservadores como España, Portugal y Grecia evolucionaron hacia
modelos de tipo demócrata-cristiano. En ambos casos se trataba de una
descarga de las familias y también una descarga del mercado en la provisión
de servicios de bienestar y un aumento de la responsabilidad de los Estados.
Con la contrarrevolucón
monetarista a partir de los años 80 la provisión de servicios de bienestar
por parte del Estado es acusada de ser la responsable del déficit fiscal, de
la rigidez económica y social, y de la falta de competitividad de los países
y de las empresas. La liberación de las energías y de la creatividad de
los individuos (H.-D. Genscher, Ministro de Asuntos Exteriores alemán),
liberación que implica justamente la reducción de la responsabilidad
del Estado para con los individuos se convierte en la doctrina oficial de
numerosos gobiernos. La erosión del espacio de lo público y compartido ha
sido desde entonces una constante en la mayoría de los países occidentales.
Aquellos que habían evolucionado hacia el modelo socialdemócrata (Francia,
Alemania, Países Bajos y últimamente incluso Austria etc.) vuelven al
esquema demócrata-cristiano e incluso se aproximan cada vez más al modelo
liberal de corte anglosajón, lo cual es lo mismo que decir que el
peso del mercado en la provisión de servicios de bienestar aumenta
rápidamente. En muchos de estos países también disminuye la función de la
familia en la provisión de estos servicios debido a una fuerte caída de la
tasa de natalidad y del aumento de los hogares monopersonales, lo cual
provoca graves alteraciones demográficas. Esta situación es una pequeña
bomba de relojería puesto que, si bien la reducción de la tasa de natalidad
genera una disminución drástica del volumen de trabajo doméstico (3 horas
por el primer hijo y día y una hora más al día por el segundo hijo menor de
10 años), generará en el futuro un aumento relativo no menos drástico de las
tareas domésticas asociadas al cuidado de los mayores que van a recaer sobre
cada uno de los miembros de la unidad familiar. Esto no sólo desequilibrará
el sistema de pensiones, sino también las redes familiares de provisión de
bienestar. Por de pronto la marcha desde el modelo demócrata-cristiano al
modelo liberal está generando una rápida transformación de trabajo doméstico
en trabajo remunerado, en buena parte gris (empleo de trabajadoras
domésticas, casi siempre sumergidas)
Costes laborales y empleo
El corporativismo organicista
no contemplaba políticas salariales consensuadas porque no admitía la
negociación entre partes autónomas y esa es una de las cosas que cambia
justamente hacia 1945. Uno de los objetivos principales del corporativismo
de clase era alcanzar el pleno empleo y vincular los salarios a la
productividad. El pleno empleo tenía una lectura no sólo económica sino
también social, es decir, en última instancia política. Para el nuevo
corporativismo la reducción de los costes de personal es uno de los
mecanismos más importantes -aunque dependiendo de los países no el único-
para conseguir ser más competitivos. Esto se deriva de una nueva forma de
concebir y de entender el llamado factor trabajo. Muchas veces, y
para ganarse el apoyo de los sindicatos y de parte del electorado, se
argumenta que la reducción de costes de personal en realidad está al
servicio de la creación de empleo, que es un medio para alcanzar este último
fin.
Pero tanto las construcciones
discursivas como los hechos apuntan también en este caso en otra dirección.
Es verdad que en algunos países este pacto ha generado empleo debido a la
alteración de algunos factores (reducción de impuestos o reducción de los
salarios reales), al aumento de las exportaciones o debido a una coyuntura
económica mundial favorable. Sin embargo esto ha sido siempre un efecto
derivado, una consecuencia más o menos esperada pero en ningún caso provocada activa- y sistemáticamente por las políticas económicas. Es,
como mucho, un subproducto de la estrategia de rearme competitivo que puede
darse o puede no darse y que, en cualquier caso, tiende a ser efímero. En
realidad no se trata ya de vincular los salarios al incremento de la
productividad o de ir a subidas salariales prudentes y moderadas al estilo
de los procedimientos fordistas de los tiempos del corporatismo liberal
de los ochenta que ante todo perseguía controlar la inflación. Tampoco se
trata sólo de reducir y regular excesos en situaciones de conflicto
laboral. Se trata más bien de una praxis permanente de (auto)control
salarial y de reducción de los costes sociales (reducción de pensiones,
jubilaciones etc.) con el fin de maximizar indefinidamente los beneficios
empresariales para así atraer inversiones que pueden generar, si es posible,
generar puestos de trabajo o para mantener las poscitaciones competitivas
conquistadas. El aumento de los salarios no genera desarrollo de regiones o
incluso países vecinos. Más bien todo lo contrario. El desarrollo económico
adicional generado por efecto de la reducción de los salarios, repercute
negativamente sobre el desarrollo de las regiones y de los países vecinos
puesto que son puestos de trabajo robados al vecino (dumping
laboral). Ese mecanismo bloquea toda posibilidad de ir a formas solidarias
de desarrollo social y territorial, así como la posibilidad de ir a una
integración social y fiscal dentro la Unión Europa.
Ejemplo: la política laboral de G. Schröder
El caso alemán es revelador en
este sentido. Gerhard Schröder debe su primer triunfo electoral a su
propuesta neocorporativa del llamado pacto nacional por el trabajo, la
innovación y la justicia social. Tras su primer triunfo electoral (el
segundo de 2002 apenas se puede llamar triunfo) este pacto fue
reorientado hacia la consecución del primer objetivo. Al mismo tiempo fue
sutilmente rebautizado con un nuevo título en el que la expresión de justicia social ya no aparece (pacto por el trabajo, la formación y
la competitividad). Este pacto, que llevó a una reducción de los costes
salariales unitarios, contribuyó al espectacular aumento de las
exportaciones alemanas en la segunda mitad de los años noventa. Las ventas
en el extranjero crecieron casi un 200% mientras que las ventas dentro del
país sólo crecieron un 16% entre 1993 y 2002. Este espectacular crecimiento
fue debido, en última instancia, al aumento del endeudamiento de los hogares
norteamericanos y también al aumento de la cotización del dólar frente al
marco y el euro.
Pero esta política económica,
hija del corporativismo para la competitividad, no sirvió ni para solucionar
o mitigar el problema del desempleo, ni tampoco para estimular el
crecimiento de los salarios reales y de la demanda interna. Hacia mediados
de 2003 el desempleo rozaba la cifra récord de 4,5 millones, un porcentaje
irreconciliable con el espíritu del ya rebajado pacto nacional por el
trabajo, la formación y la competitividad con el que Schröder ganó las
elecciones. La respuesta del gobierno Schröder (del que también forman parte
Los Verdes Alemanes que han ratificado esa línea económica en su último
congreso) es reducir aún más el coste del factor trabajo. Para conseguirlo,
y tomando como excusa las proyecciones demográficas, ha iniciado el
desmontaje del sistema de protección social más antiguo del mundo (Agenda
2010). El coste de esta política para el SPD no es pequeño. Su
popularidad no había Estado nunca tan cerca del suelo desde la Segunda
Guerra Mundial y la situación es tan grave, que Alemania se ha visto
obligada en otoño de 2003 a infringir las férreas y completamente
artificiales normas de disciplina presupuestaria que ella misma le había
impuesto a la Unión Europea en el marco de su política de rearme
competitivo nacional de aquellos años y en una situación de euforia
exportadora.
Negociación colectiva
En los
tiempos del corporativismo de clase los
convenios territoriales, en los que se fijaba uno niveles salariales
mínimos, no distinguían (no distinguen porque siguen estando vigentes
aunque están sufriendo una fuerte erosión en muchos países) entre empresas
más o menos productivas a la hora de fijar esos mínimos. Esto condujo a una
nivelación salarial dentro de los respectivos países, nivelación que forma
uno de los pilares de la sociedad fordista. La política de solidaridad
salarial sueca es su exponente más avanzado pero no el único. En los años
ochenta, la política salarial solidaria empieza a evolucionar hacia una
política salarial competitiva: los salarios dejan de ser demanda efectiva y
pasan a convertirse en costes empresariales que frenan la competitividad de
los países. A partir de este momento, empiezan a aumentar los abanicos
salariales en la mayoría de los países, los convenios de empresa empiezan a
ganar peso frente a los convenios de sector o a los convenios
territoriales. El sustrato microeconómico del nuevo corporativismo tiende a
promover los espacios empresariales frente a los espacios transversales y
sociales, es decir, fracciona el cuerpo laboral en pequeños feudos donde la
asimetría entre capital y trabajo tiende a ser mayor, especialmente en las
pequeñas y medianas empresas. Esta refeudalización de las relaciones
laborales no sólo debilita la parte del trabajo, sino que, además, genera
una cultura laboral poco sostenible puesto que pierde la noción de espacio
social y natural compartido (producción entendida como producción social),
se concentra en su desarrollo competitivo interno que define frente a
aquel (idea de la familia unida frente a terceros) y además promueve
las relaciones de empresa de tipo paternalista.
Participación política
El corporativismo organicista
se ha llevado siempre mal con la democracia. Hasta 1918 ni siquiera existía
sufragio universal casi en ningún país y ese mismo año ya había empezado en
Portugal la cadena de golpes de Estado y de anulaciones de derechos
democráticos que se cerró en 1938 con el gabinete de concertación de
M. Crsitea en Rumanía que prohibió todos los partidos políticos, así como
con la ocupación de Bélgica, los Países Bajos, , Dinamarca y parte de
Francia por parte de las tropas alemanas en 1941. La constitución no
escrita de después de 1945 generó un parlamentarismo estable con altas
tasas de participación electoral. El nuevo bloque hegemónico incluía
concesiones sociales a las clases menos favorecidas que respondían a estas
concesiones con su consentimiento, también con su consentimiento político y
electoral.
A partir de los años ochenta
las cosas empiezan a cambiar no sólo en el ámbito de las relaciones
laborales, sino también en el ámbito de la cultura democrática. En esas
fechas comienza una erosión lenta pero constante de la legitimidad política
de los gobiernos elegidos y un marcado aumento del desinterés por la
política parlamentaria. Este se pone de manifiesto en el aumento de la
abstención electoral y de los partidos antisistema. Las causas son
complejas, pero es más que probable que las razones aquí esgrimidas tengan
algo que ver con el fenómeno de la participación política. En un reciente estudio comparativo
internacional, Robert D. Putnam llega a las siguientes conclusiones:
La erosión de la democracia parlamentaria
“En 17 de 19 países de la OCDE, la participación
electoral está hoy por debajo de la que se daba en los primeros años 1950
(...) Este retroceso casi universal en la forma de intervención política
más importante (casi la única de la que disponen los ciudadanos AFS) es
especialmente llamativo porque va unido a un rápido aumento del nivel de
formación de la población, y porque la educación es considerada
normalmente como una garantía de participación política"
R. Putnam (2003), p.404.
Las tendencias descritas por
Robert Putman se han acelerado en los últimos años. Se han ratificando en
las elecciones presidenciales francesas de 2002 (con tres millones de
personas que no acudieron a las urnas) y en las elecciones británicas del
2001. En estas últimas se produjo un 46% de abstención, un porcentaje sólo
superado por los Estados Unidos pero que representan un récord histórico
para la cultura política de la Europa de después de la Segunda Guerra
Mundial. Aunque este porcentajes ya viene seguido de cerca por el 45% de
abstención electoral que se registró en las elecciones del 2002 en el Land
alemán de Sajonia-Anhalt y por el 43% de abstención en las últimas
elecciones del próspero Land de Baviera. Son tendencias que apuntan en una
dirección relativamente clara: la cancelación de los contratos sociales de
la posguerra por parte de los gobiernos, los Estados y los sectores
privilegiados y empresariales está siendo respondido por las clases
subalternas con la retirada de su consentimiento. Ni la teoría política del
Nuevo Constitucionalismo ni el formalismo democrático de los filtros
axiomáticos dominantes parecen suficientes para evitarlo.
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